¡Danzad, danzad, malditos!

Lindy 1«La danza es el lenguaje escondido del alma». Martha Graham (1894-1991)

No me cansó de repetirlo, al principio fue dum dum drums y luego cham cham y bailongeo, y desde entonces hasta hoy, desde las remotas profundidades del corazón africano, donde se dice que tuvo lugar la primera jam session de la historia por culpa de una maliciosa serpiente y unos ociosos ciudadanos negros ávidos de cualquier novedad que les sacara de la tediosa nada de aquel paraiso terrenal. Y claro los pusieron de patitas a este mundo cruel pero solaz y vivo.

Desde entonces música y baile son tan indisolubles que ponerlas juntas es simple redundancia. Por mero aburrimieto alguien golpea un tronco y al instante otro alguien se levanta, ensaya una pirueta y de seguido una turbamulta se une en jubilosa danza. No hay música que no tenga su correlato danzabile, incluso una sinfonía se puede bailar, basta sentir la vibración, y querer, claro.

El jazz, que es música pero también mucho más, siempre estuvo vinculado al baile, incluso en los funerales estilo New Orleans se bailaba una vez despedido el finado al son irresistible de una banda: ¡albricias, dejó de penar, entró en la gran montaña blanca! La expresión corporal es inherente al jazz como se demostraba cada día en las míticas exhibiciones que tenían lugar en Congo Square, bulliciosa plaza de aquella ciudad.

Durante largo tiempo el baile fue para los esclavos negros trasplantados a tierras americanas una forma de perpetuar sus ritos ancestrales y una liberación del sufrimiento diario. Luego, tras esa domesticazión que es el proceso educativo, se agitaron y ‘temblaron’ en las iglesias poseidos del éxtasis religioso al son del gospel. Y cuando se hicieron con los instrumentos, a veces a hurtadillas, tocaron y modificaron ciertas músicas de origen europeo y los ritmos y pasos de baile correspondientes (contradanzas, cotillón, polcas o mazurcas) preñándolos de convulso ritmo sincopado.

Lindy 3En la era del swing, décadas 1920-30, o de las grandes big bands (Henderson, Ellington, Basie o Goodman), el baile, danza, o expresión corporal irrumpe con diabólico frenesí, surgiendo un sinfín de estilos o figuras que algunos autores aúnan bajo el marbete de jitterbug: five, swing dance, cakewalk, boogie, shimy, charleston, one step, two step, tap dance, black bottom (culo negro, pero también apelativo a los bajos fondos de los barrios de algunas ciudades sureñas norteamericanas), asi como una serie de danzas humorísticas, con frecuencia imitación de la forma de andar de determinados animales (turkey-trut, horse-trut, honey-bug, camel-walk…).

Lindy 2Y, como no, el lindy hop que para algunos especialistas incorpora muchas de las innovaciones de muchos de los pasos y estilos precedentes. Contemporáneo a las grandes orquestas de la Era del Swing, y por tanto impregnado de ese frenesí sonoro que son estas máquinas del ritmo, proliferó en las salas del Harlem neoyorquino como Savoy Ballroom, Cotton Club, Roseland o Apollo Theater. Eran los felices años veinte, años de desenfreno, de necesidad de diversión para evadirse de la aciaga realidad que devino con el crack del 29, terrible crisis financiera que llevó a mucha gente a la ruina e incluso al suicidio. Se extendieron los festivales, la afición y los seguidores con la fuerza de un tsunami hasta el punto que la revista Life lo declaró baile nacional en 1943. El estilo toma su nombre, es el diminutivo, de Charles Lindberg que fue el primer piloto que cruzó el Atlántico de New York a París a bordo del Spirit of St. Louis, y hop, por lo del salto. Sobre el tema hay abundante bibliografía e información en santa Wiki y san Geoogle, pero les recomiendo la novela de Philip Roth, La conjura contra América (2004), sutil ucronía donde Lindberg gana la presidencia y se alía con Hitler y no les cuento más.

Tras esta etapa dorada del lindy, devino un periodo de recesión debido entre otras causas al cambio de gustos tras el advenimiento del rock & roll, o del bebop, a los fuertes impuestos a las salas y clubes que obligó a su cierre y a la progresiva desaparición de las grandes orquestas, o la ley seca que lejos de solucionar problemas originó otros más graves (gansters, tráfico ilegal, economía sumergida, y si embargo la gente siguió bebiendo).

Se dice que la complejidad armónica y rítmica del bebop hicieron del jazz una música más de concierto que de baile, pero no creo que el bebop supusiese rémora para el baile, basta observar la expresión corporal, o baile, de un contrabajista, un pianista o del batería, o de cualquier espectador que repiquetea con el pie, mientras interpretan un tema, por ejemplo, “Donna Lee”. De ahí a lanzarse a bailar, solo falta un paso, de baile. Quizás fuera que los lindy hoppers no supieron, o quisieron, absorber o hacer suyo el nuevo ritmo, sino mantener su modo vintage. En los años 40 se bailaron otros estilos como el jersey bounce, o el slow que permitía bailar baladas y blues a tempo lento. Y los tap dancers (bailarines de claqué), que rivalizaban e interactuaban con las baterías como auténticos músicos, bailaron e incluso grabaron música de Charlie Parker, por citar un ejemplo. Claro que ya no estamos hablando de lindy, pero si de danza a la manera que expresó la gran coreógrafa y bailarina Martha Graham, danza como lenguaje escondido del alma.

A partir de 1980, y de modo imparable hasta nuestros días, el lindy experimentó un creciente auge en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, etc., al que contribuyerón en parte películas como El gran Gatsby, The Artist o Cotton Club, multiplicándose las salas donde ejercitarlo y las escuelas donde aprenderlo, generando a su vez un look de carácter revival y todo lo que ello conlleva: refinado estilismo, moda, peinado, complementos y una barabunta de boutiques especializadas

En España, con más tardanza, como casi todo, la ola lindy penetró vía Madrid, Barcelona y otras grandes ciudades, cobrando un inusitado desarrollo hasta el punto que se cuenta por miles los seguidores y abundan escuelas de gran nivel como Zaraswing (Zaragoza), Swing Maniacs, Spank the Baby o Lindy Hop Cat (Barcelona) Sevilla Swing Dance, Spirit of St. Louis (Valencia), o Big Mama Swing, En modo Sing o Blanco y Negro Studio en de Madrid, por citar algunas.

Lindy 4Y en Almería los primeros balbuceos de lindy hop son muy recientes —según me cuenta Maite Ludobiche, ferviente admiradora— y llegan de la mano del trompetista Antonio Ximénez, aficionado y entonces director de la Clasijazz big band junior, junto a Nuria Pistón, quienes enseñaron los pasos básicos durante los conciertos dominicales de la big band, y de paso hicieron afición, creándose un grupo originario que se reunía para bailar, acudían a festivales de swing o veían, comentaban y estudiaban videos. Así se fue consilando un núcleo inicial, que solicitó el auxilio del cubano Samuel Rigal de la escuela Sevilla Swing Dance, y en octubre de 2013 organizaron el primer taller de lindy impartido por los profesores de la escuela Swing Maniacs de Barcelona, el lituano Martynas Balciünas y la española Lorena Medina, y al que asistieron cuarenta niños y una treintena de adultos. Como broche final de fiesta, actuación de los miembros de los talleres, profesores incluidos, con la Clasijazz Big Band a todo trapo, según recoge Jacinto Castillo en “La fiebre del lindy hop llega a Almería de la mano de Clasijazz con vocación de quedarse” (La Voz de Almería, 20.10.2013). Desde entonces, poco más de un año, la fiebre, o la cultura, lindy parece asentada, reuniéndose cada lunes en la sede de Clasijazz, a las siete de la tarde el grupo de nivel inicial (19 personas), y a las ocho el intermedio (20 personas). Y además, como es afín a esta cultura, suelen bailar en cuantas jam sessions se tercian, en los conciertos del clasi, y en plazas y jardines de la ciudad, emboscados como clandestinos que es el tierno apodo que reciben quienes provistos del musical loro se enfrentan y bailan ante un asombrado e improvisado público. Danzaron en la Alcazaba en la pasada Noche en blanco y prometen estar este viernes en la Plaza de la Catedral en una noche de swing y tapas. Y lo harán de nuevo junto a la Clasijazz Big Band Swing & Funk, como cierre festivo del taller.

Cabría añadir a modo de advertencia que, al margen del maravilloso lindy, el jazz ha sido fuente de inspiración para el mundo de la danza, porque amén de los bailarines profesionales, numerosos coreógrafos y músicos de jazz, como Sidney Bechet, Bill Dixon, Anthony Braxton o Steve Lacy han realizado proyectos de comunión entre jazz, ballet, improvisación y baile. Duke Ellington fue un apasionado del baile como queda patente en una carta donde dejó escrito que era necesario saber bailar para poder interpretar su música, y pasos de baile solía incluir en muchas de sus obras, como en el majestuoso Concierto Sacro que tuvimos ocasión de oír por estos lares interpretado por la Clasijazz Big Band, con la participación del tap dancer Ludovico Hombravella ejecuntando el espiritual “David Danced Before the Lord”.

Y la danza contemporánea nunca se ha mostrado hermética, sino que se ha abierto al jazz, baste citar que desde las innovaciones de la gran coreógrafa neoyorquina Martha Graham en los años cuarenta, son numerosas las compañías que hallan en esta música buena parte de su inspiración (Alvin Ailey, Pilobous, etc.). Y la bailarina-coreógrafa Carolyn Carlson suele utilizar con frecuencia la colaboración de jazzmen como John Surman o Barre Philips.

Célebres fueron en la historia de las diversas formas del swing dance bailarines profesionales como Nicholas Brothers, Bunny Briggs, Chuck Green, Leon James, ‘Slide’ Rochester Anderson, Al Minns, Buck & Bubles, The Nicholas Brothers, ‘Taps’ Miller, ‘Rubber Legs’ Williams (también cantante) que grabó con Gillespie y Parker, Babby Lawrance y Jimmy Slide, que instalado en Francia, perpetuó brillanteLindy 5mente la tradición. Louis Armstrong siempre citaba como modelo al gran Bill ‘Bojangles’ Robinson al que se puede ver en acción en la película Stormy Weatner, y a quien Ellington dedicó una composición que lleva su nombre y de quien Fred Astaire decía deberle todo y le rindió tributo en Swingtime.

Acaba la temporada y es tiempo de ilusiones y sueños, soñar es gratis, y hermoso sueño sería ver en el escenario junto al mar el próximo día veinte, Fiesta de la Música, a una legión de lindy hoppers saludar el advenimiento del inminente verano al vibrante compás de la Big Band Clasijazz Swing & Funk. ¡Quedáis emplazados!

 

Nota bene

¡Danzad, danzad, malditos!, título de esta Impressions, no es muestra de animadversión alguna —aunque tenga cierta retranca por el sambenito de ‘cosas del diablo’ atribuido a ciertas manifestaciones culturales como el jazz o el baile— sino préstamo de la versión española de la maravillosa aunque cruda película de Sidney Pollack, They Shoot Horses, Don’t They?(1969), adaptación de la novela de Horace McCoy ¿Acaso no matan a los caballos?, y música de John Green. Interpretada por Jane Fonda y Michael Sarrazin, narra con crudeza la otra cara de la moneda de esos felices años veinte azotados por la depresión: acuciados por la necesidad muchas parejas acudían a maratonianas sesiones de baile con el acicate del premio, o al menos estar bajo cubierto y comer y beber gratis durante su transcurso.

 


 Curso Lindy Hop Swing con Pol Prats & Danilea de Zabaleta (Spant the Baby, Barcelona). Alumnos de los talleres. Big Band Clasijazz Swing & Funk. Clasíjazz, 13 de junio de 2015

 

©José A. Santiago Lardón ‘Santi’ (13 de junio de 2015)