Impressions

La música de los niños

In memoriam Gabriel

José Santiago Lardón ‘Santi’

«Piensas y adivinas la música. Escribes música, tocas música y escuchas música. Tu alegría es la música… Para mí la música es sensación, asimilación, anticipación, adulación y reputación sonora. La música es mi amante». Duke Ellington.

La música es el llanto quebrado del niño al nacer, el alborozo de un juego, el crudo lamento de una madre que vela a su hijo, el sigiloso aleteo del vuelo eterno del alma.

La música procede del grito, que es anterior al habla y a cualquier otra manifestación humana. La música es el afán del hombre primitivo por imitar a la naturaleza —el bramido del viento, un agitado gorgoteo de pájaros, incluso el cacofónico croar de ranas en una charca, o la mueca silenciosa de un pez en la estrechez de un acuario—. La música, el jazz, el flamenco, una sonata, una sinfonía o un réquiem, emanan del grito, de la imperiosa urgencia del alma por expresar y comunicar dolor, alegría, amor, sueños.

El jazz —esa extraña palabra carente de significado pero con hondo contenido— brota del sufrimiento, pero también del amor, de la alegría, de la mera banalidad. El blues es como un negro bolero, como una honda soleá, o como la algarabía de unas alegrías.

El jazz, la música, es el espejo que refleja las luces y las sombras de la vida. «Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur, extraña fruta que cuelga de los álamos», cantó Billie Holiday, y el saxofón de John Coltrane lanzó el crudo dardo de Alabama para denunciar el vil asesinato de cuatro niñas negras en una iglesia de Alabama a manos del Ku Klux Klan, y el Fables of Faubus de Charles Mingus fue un furibundo alegato contra el racismo del gobernador de Arkansas.

A los niños les fascina la música, la aman, porque es el lenguaje de la libertad, un idioma etéreo, volátil pero profundo, y caprichoso, como un niño.

A Gabriel le fascinaba la música igual que le hechiza a Pablo y a Yeray, y a Javi, Lucía, a Igor y a Tito, a Miguel y Lourdes, a Cristobal y a José Carlos, a Belén y Antonio, a Juan y Clara, a Marí Loli y Emilio… una larga centena de niños, niños almerienses —algunos incluso no niños porque no hay fronteras de edad, ni música vieja ni música joven— agrupados en esa inaudita macro big band provincial que tuvimos ocasión de sentir en el concierto del pasado mes de enero en el Auditorio Maestro Padilla como representantes de la nutrida nómina de orquestas que orillan nuestra tierra: Levantina Big Band, The Train, Marble Big Band, Big Bandaráx, The Little Big Band Clasijazz, Red Prawn Big Band y la Big Band de Cuevas del Almanzora. Niños y niñas mostrando en el escenario su pasión por la música e hito encomiable y espejo del creciente movimiento cultural de la provincia.

A la música le gustan los niños, los ama, acaso porque son como páginas en blanco, pentagramas limpios de corcheas y semifusas, un abismal espacio donde escribir, un horizonte infinito de creatividad y por eso grandes compositores quisieron ofrendarles obras que alegrasen sus vidas: Ravel (Mi madre la oca, El niño y los sortilegios), Schuman (Escenas de niños), Debussy (Children Corner), Prokofiev (Pedro y el lobo), Saint-Saëns (El carnaval de los animales), Edmund Angerer (Sinfonía de los juguetes), Stravinsky (Ebony Concerto), Schuller (Viaje al jazz)…

Domingo 11 de marzo, día feliz, día aciago. Feliz como un niño salí de la entrañable sala de Clasijazz, emocionado aún por el eco de la música de los niños, y no tan niños, de The Little Big Band Clasijazz, The Train y Big Bandaráx, embriagado por una sonoridad aún más poderosa que la del huracanado poniente que sacudía la ciudad cuando de repente uno de los terribles riffs del vendaval trajo la cruel noticia del asesinato de un niño.

La memoria retrocedió a la sala que acababa de dejar, a las emotivas escenas de niños abrazados a sus padres, al jolgorio de los jóvenes músicos orgullosos de compartir la insondable sensación de haber participado en algo grande, a la esperanza de una dichosa tarde de domingo. De súbito, desde algún lugar remoto, me llegó el eco de What a Wonderful World, la hermosa canción de Louis Armstrong: «Oigo a niños llorar, los veo crecer, aprenderán mucho más que lo que yo nunca sabré, Sí, pienso para mí… que mundo tan maravilloso».

Louis fue niño, todos fuimos niños, nunca dejaremos de serlo. Duke Ellington fue un niño que nos dejó una música genial y un maravilloso libro de memorias, La música es mi amante, que debiera ser lectura obligada en escuelas, colegios, conservatorios y universidades porque habla de la vida, de la historia de un niño que se hizo hombre. Allí dejó escrito: «Cuanto más aprendes, más quieres aprender, cuánto más escuchas, más quieres escuchar»

Encuentro Big Bands infantiles y juveniles. The Little Big Band Clasijazz (Almería). The Train (Huércal de Almería). Big Bandaráx (Gádor, Alhama). Ramón Cardo (músico invitado) Pablo Mazuecos (dirección) Arturo Palenzuela (dirección) Diego M. Pecharromán (dirección). José Carlos Hernández (dirección). Clasijazz, domingo, 11 de marzo de 2018. 12:00 H.