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Una historia, un sueño, una confesión


José Angel Santiago Lardón - 28 junio, 2018 - 0 comments

La noche del martes 26 de junio en la gala de los premio Ideal 2018 —Clasijazz fue distinguida en el ámbito de la cultura de la provincia— Ángel Iturbide, responsable de la delegación de Almería del diario Ideal desde 1997, confesó con orgullo que pertenecía a la generación del Georgia —buena música, una copa entre amigos, los arabescos trazados por el humo de los cigarrillos— y lanzó a modo de hipótesis o barrunto que no sabía muy bien si de aquellos lodos vinieron estas realidades o, dicho de otro modo, si aquello fue simiente fértil de lo que hoy, más de cuatro décadas después, es un sueño hecho carne.

Acertó —Ángel es un periodista de raza, con fundamento y memoria—, aquello fue un sueño, un sueño al que muchos, me incluyo, nos entregabamos noche tras noche, madrugada tras madrugada, a diario, acaso de manera inconsciente, con esa inconsciencia que concede la juventud pero sobre todo el deseo de construir un mundo mejor, un mundo donde los únicos horizontes y fronteras los delimitaban la cultura, esa tontería.

El Georgia —o Georgia Jazz Club— nació del deseo, y la necesidad, de un hombre grande a quien desde muy joven el jazz, o algo parecido, le apasionaba: Serafín Cid, o el Sera. Con los ahorros, cuatro duros, de una peculiar emigración andorrana y junto a Antonio —ambos por desgracia fallecidos— montaron lo que se dice el chiringuito: unas sillas, unas mesas, unas fotos en blanco y negro, una barra, una copiosa guarnición de bebidas y, ¡oh!, un tocadiscos estéreo: plato, ampli, cassette y cuatro altavoces… y mogollón de vinilos. Puede resultarle balalí, o si quieren una gilipollez, pero recuerden que estábamos en 1977 o 1978 —un secreto sellado por la tumba—, recién fallecido el dictador, transitando esa ahora, no le entiendo, denostada transición, y muy pocos, o casi nadie, disponía en su casa de aparato o similar con el que escuchar música. Estaba la radio, sí, pero ¡que radio!, y algunos nos la ingeniabamos tendiendo cables y antenas en los terraos para escuchar a horas intempestivas —cuando los padres se iban a dormir— para buscar emisoras en los receptores de lámparas en los que emitían a los Rollins Stones, Jimi Hendrix, Janis Joplin o incluso algunos conciertos grabados en festivales de jazz… Desde entonces tengo noticias de Miles Davis, Louis Armstrong o, que curioso, Lucky Tomphson.

Conocía a Serafín desde la adolescencia bachiller, ese periodo que para mí fue más de formación en baretos y calles que en aulas. Cada día, al declinar la luz, como vampiros, nos reuinamos para echar unas jarras con extra de tapas —el Convento, las Garrafas, bodegas Tonda, el Montenegro… y si andabamos apurados de parné, la Hermandad Ferroviaria que ofertaba vino de recortes a precio de saldo…—, y luego, rayando el alba, o lo que fuese, alentados por los efluvios del dios Baco y la euforía de la juventud deambulabamos calle tras calle, jardín tras jardín, hasta acabar en el parque o en la playa del Club Náutico al son de una improvisada orquesta, cada cuál como si de un instrumento se tratará, el Sera trombón mayor y solista, le fascinaba ese sonido gutural y ronco, a la manera de Jay Jay Johnson —que era el disco o los discos —creo que llegó a completarlos todos— que luego, en el Georgia, más escuchabamos —broaw, broow, broaw—. Yo, que nunca tuve ni buen ni mal oído, sino puro desastre, y sigo igual, me limitaba a trastabillar con la lengua y los dientes algo parecido a una batería, y estaban más colegas, el clarinete, la trompeta, incluso un genial contrabajo cuyo nombre no recuerdo ahora y que trazaba unos memorables walking bass con los sobacos…

Luego vino la decisión del qué hacer, con el título y las pólizas del bachiller debidamente cumplimentados. Fue como quien dice un largo adiós y hasta la vista Lucas. Nos separamos sin aspavientos, a las bravas. Cada cuál emprendió su camino, el mio la Universidad, indagar en el pasado de la humanidad —Historia se decía entonces—, pero también la concienciación social, la militancia, la izquierda radical —radical viene de raíz—, el dulce exilio en Granada, algunos problemas con el orden establecido, el sueño de un mundo mejor, el terror de la dictadura, dormir por precaución muchas de las noches en domicilios desconocidos, una mochila, unos libros y la vietnamita (artilugio para imprimir de  manera clandestina libelos con los que creíamos que destruiríamos la sinrazón y que lo único que dejaban era el rastro de unas indelebles y acusadoras manchas de tinta azul), la  constante itinerancia, las células, los mítines, el miedo —mucho miedo—, alguna que otra paliza… pero también el amor, el sexo, compartir vivienda con mujeres, el despertar a una vida que aún añoro y que  mantengo como divisa de vida e incluso de futuro y sobre todo la inmersión en el horizonte del conocimiento, de los libros, de las lecturas, de la poesía, de Cesare Pavesse, de Passolini, de Cortázar…

Y después el regreso a Almería, entonces un erial, y el reencuentro con nadie, búsquedas desesperadas que se prolongaban hasta la madrugada, sin un duro, sin horizontes —la enseñanza no me atraía lo más mínimo, tras una breve y fatal experiencia en un departamento del departamento de Historia Contemporánea en la Universidad de  Granada como futurible aspirante a PNN, y en esas andaba cuando alguien me comentó que un tal Serafín acababa de abrir un bareto en una recóndita callejuela de la ciudad. Me lo eestuve pensado un tiempo, era una suerte de regreso al pasado, era resucitar viejos fantasmas, pero al final, una noche otoñal me decidí…

Sonaba, como en una premonición, un viejo vinilo de Jay Jay Johnson a dúo con otra eminencia del trombón, Kay Winding… Luz tenue, unas cuantas personas amodorradas en la barra, apenas tres pareja esparcidas por la mesas… Sonaba poderoso, acogedor, incitante, con ese misterioso crepitar electrostático de los vinilos y, de nuevo, brow, braw, brow… y un hombre detrás de la barra al que no había visto en casi una década, dude, estuve a punto de huir, miedo al pasado o miedo al futuro, pero la incitación de un gin tonic, de un cigarrillo compartido, de una charla y, sobre, de aquella música, vencieron toda resistencia…

—¡Hostías, tío, eres tú!

—Quién, si no?

Un abrazo que sentí como una descarga y, de nuevo, otra premonición que durante largo tiempo intenté borrar de mi mente a sabiendas que alea jacta est, mi futuro estaba escrito en las estrellas, o en la luna llena que ya asoma mientras escribo estas palabras…

Desde entonces, más de cuatro décadas, el jazz sigue siendo para mí algo más que música, mucho más, una forma de entender la vida, un prisma a través del que penetro en el conocimiento, una metáfora de la realidad, una proyección de futuro. El jazz no es sólo música, ni mucho menos un género, ni un estilo, ni la música clásica de los negros estadounidenses, ni Duke Ellington, ni Miles Davis, ni Ornette Coleman, ni Julio Cortázar, ni incluso lo fue el Georgia, ni aún el rutilante Clasijazz, es simplemente una manera de afrontar el futuro, o, al hilo de las interesantes investigaciones, y tesis, desarrolladas en la Universidad de Michigan, un espejo para un posible cambio social: desde sus orígenes remotos hasta hoy ha sido, recurriendo a la eficaz imagen de un río, un curso cambiante, revolucionario e integrador sin renunciar jamás a su esencia. Deberiamos pensar en eso y, claro, amar con toda la pasión posible y aún más allá de nuestra triste debilidad. Nos va la vida en ello, pienso mientras escucho el extraordinario “Jackson Pollock” de la saxofonista Jane Ira Bloom con el pianista Fred Hersch incluido en el álbum Chasing Paint. Meets Jackson Pollock (Arabesque, 2003)

© José Santiago Lardón ‘Santi’ (Junio, 2018)

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